Ya la Macarena tiene,
el Templo que merecía;
el Templo con los honores
que su Grandeza exigía;
la Casa que había soñado
para su Reina, Sevilla;
el Trono que a tal Realeza
su gratitud le debía,
y el Palacio que le cuadra
a su Pena y su Alegría.
Ya la Macarena tiene
el Templo que merecía.
Refugio que irradiará
como Sol de mediodía
entre Salves luminosas
y eternas Avemarías,
toda la Gracia y Amor
del Tesoro que cobija,
acrecentado en fervores
al correr de cada día.
Siempre donde Ella estuviera
la misma Gloria estaría,
que hasta las cuatro maderas
que su cuerpo guardaría,
fueron Catedral y Sede
de belleza tan purísima.
Por eso los muros blancos
de su Iglesia primitiva,
Jardín de oración y ruego,
Milagro de cada súplica,
Consuelo a todo dolor,
Bálsamo de toda herida,
revestidos de primores
de esplendor y maravilla,
en cada nuevo perfil
y en cada soñada arista,
por la devoción del mundo
y el corazón de Sevilla,
fue ya puerta del Cielo
siendo una simple Capilla.
Después, el constante esfuerzo
de su ejemplar Cofradía,
que todo su amor cifró
en esta Virgen bendita,
hasta alcanzar el honor
de convertir en Basílica,
aquellos sencillos muros
desnudos, de cales lisas,
fue suficiente razón
para cuanto pretendía.
Por eso el alma se exalta
y el corazón se extasía,
al ver ya a la Esperanza,
la Macarena bendita,
que le ha ofrecido el honor
del Templo que merecía;
del Templo que reclamaba
y su Grandeza exigía;
del Trono que a tal Realeza
su gratitud le debía,
y el Palacio que le cuadra
a su Pena y su Alegría.
¡Ya la Macarena tiene,
para siempre su Basílica;
la gloria que había soñado
para su Reina, Sevilla!
ANTONIO RODRIGUEZ BUZÓN
MENA MARTAGÓN, José. Crónicas de la Hermandad de la Macarena.

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